La verdad nunca es gratuita. Siempre tiene un precio, y a veces, ese precio se paga con sangre.
Sentada en el suelo de la habitación del hotel, con documentos esparcidos a mi alrededor como piezas de un rompecabezas macabro, comprendí que estaba sosteniendo en mis manos algo más peligroso que cualquier arma. La información. El tipo de información por la que la gente mata.
—Esto no puede ser cierto —murmuré, aunque las pruebas estaban allí, irrefutables, frente a mis ojos.
Los correos electrónic