Durante un minuto entero, nadie dijo nada.
No porque no tuviéramos preguntas. Teníamos tantas que, si las hubiéramos pronunciado todas al mismo tiempo, probablemente habríamos terminado discutiendo sobre cuál debía responderse primero.
Yo, por mi parte, tenía una pregunta bastante sencilla.
—¿Por qué alguien se molestaría en advertirnos que no abramos una cámara si no hay nada dentro?
Dorian desmontó y se acercó a Talia, que continuaba examinando la tela.
—Porque hay algo dentro —respondió—. O