Desperté con una conclusión extraordinariamente madura.
No iba a permitir que nadie volviera a decidir por mí.
También desperté con el cabello enredado, una pierna fuera de la cama y la firme sospecha de que había dormido sobre un brazo durante tanto tiempo que quizá tendría que aprender a escribir con el otro.
La madurez tenía sus límites.
Me incorporé lentamente y miré el reloj. Eran las siete y doce de la mañana. Había dormido poco, pero al menos no había pasado la noche imaginando veinte ma