Dormí exactamente dos horas y diecisiete minutos.
Lo sé porque, después de la cuarta vez que desperté convencida de que había escuchado pasos en el pasillo, decidí que seguir fingiendo que estaba descansando era una pérdida de tiempo. Me incorporé en la cama, encendí la lámpara y contemplé la pared con la esperanza de que, en algún momento, apareciera escrita una explicación razonable para lo que había ocurrido la noche anterior.
La pared no colaboró.
Kael, en cambio, había conseguido instalars