El mundo todavía me parecía ajeno.
Todo era demasiado brillante, demasiado vivo.
Podía escuchar el roce de las hojas a kilómetros de distancia, el rumor de los insectos ocultos bajo la hierba, el crujir de la madera en los árboles antiguos… y entre todos esos sonidos, dos latidos se imponían sobre los demás: el de Kael… y el de Dorian.
Mi cuerpo temblaba, no de miedo, sino de exceso.
Era como si todo dentro de mí estuviera desbordado: la fuerza, el instinto, la sangre misma.
Mis patas —mis pata