El sol no llegaba nunca hasta el fondo de la torre de entrenamiento de Luz de Luna. El aire olía a metal oxidado, sudor viejo y el aroma acre de las hierbas que Elena usaba para curar las heridas. Valeriah golpeaba el saco de cuero con una furia que quemaba en sus manos—sus nudillos estaban raspados hasta la carne, pero el dolor era el único freno que tenía para el calor que le subía desde el vientre cada vez que pensaba en Kai.
El vínculo de mate se había despertado de golpe días después d