Camila no me lo impidió.
Al contrario: tomó mi brazo con firmeza y me guió por los pasillos como si hubiera estado esperando que yo reaccionara.
—Rápido —susurró—. Está en el mismo edificio… solo que tú estabas arriba. Ella… abajo.
Bajamos una escalera estrecha de piedra. A medida que descendíamos, el aire se volvía más húmedo, más denso, más… podrido.
El sótano no era una instalación digna de la manada.
Era un agujero en la tierra. Un hueco excavado a prisa, apenas reforzado con vigas viejas y