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8; LA LUZ EN MEDIO DE LA OSCURIDAD

SHEILA

—Los jaguares se marcharon, vamos a revisar si está muerto.

—Amada Sheila, ¿qué hacemos si no lo está?

—Pues es obvio, lo remataremos, yo tengo que ser la alfa, sin importar que sea hembra.

Los tres lobos observadores se acercaron examinando los cadáveres. El escolta sin vida se hallaba algo devorado. Algunos jaguares estaban tendidos inertes que parecían tapetes de cazadores. Al verificar a Alberto, notaron que no respiraba y que en sus ojos no se reflejaba el brillo de la existencia.

—Sheila, eres la única heredera, lo lograste, pero a un alto precio. —El lobo agachó la mirada para que ella no se diera cuenta de que las lágrimas se le escapaban de las bóvedas de sus ojos.

—Alex, eso parece, aunque como mi padre siempre dice, «nunca se debe ser sobrado» —alisto los dientes para rematar a su hermano, cuando de pronto un olor produjo que se congelara en un instante. —Quietos, al parecer llegó el resto de la manada.

El lugar se llenó de lobos, también de limusinas y autos lujosos que cercaron el perímetro. El enorme lobo, con su voz de trueno, encaró a Sheila preguntándole:

— ¿Qué sucedió? Se suponía que cuando encontraran a Alberto, avisarían a toda la manada. —Sin embargo, no esperó respuesta, alertado por el cuerpo de su hijo, que no se movía y que de él ya empezaba a irradiar un hedor nauseabundo, —no puede ser. No, mi único hijo, no puede ser posible.

A lo lejos se escuchaba una sirena que parecía hacer coro con los aullidos de lamentos.

— ¿Quién llamó una ambulancia? —el Alfa cuestionó, sin recibir respuesta debido a que fue una parte del trato para que Mariana accediera a marcharse con el Chamán, —ya es inútil, no se puede hacer nada.

—jefe, de pronto sí, hay una posibilidad. —comentó un lobo gris que parecía ser el más viejo.

— ¿A qué te refieres, Sancho? —El Alfa sabía que este lobo era uno de sus colaboradores más valiosos, debido a su sabiduría.

—Es algo que aprendí de unos brujos de África, es un rito de resurrección. —el viejo se transformó en humano alzando los brazos al sol.

—Padre, eso son supersticiones, no lo debes de considerar —Sheila interrumpió bajando la cabeza ante el Alfa.

—Supersticiones como los hombres lobo y henos aquí, —el jefe le contestó y sin querer perder el tiempo le ordenó al viejo lobo. —Sancho, hagámoslo, me parece que mencionaste que solo se puede hacer mientras el cuerpo aún esté tibio.

—Si amo, necesito que todos nos agrupemos alrededor del cuerpo, tanto que se puedan tocar, necesito que se concentren en enviarle energía a Alberto, —el anciano volvió a transformarse en lobo y siguió dando instrucciones. —Sheila, como eres su familiar más cercano, tendrás el papel principal, por favor, aunque no compartas las creencias, haz todo lo que te digo.

—No, Sancho, no debemos perder el tiempo en estas bobadas —Sheila se mostraba renuente, hasta que un rugido del alfa la convenció.

—Tienes que hacerlo. —Su padre se paró al frente suyo, dejándole la única opción de afirmar, echando las orejas hacia atrás y retrayendo la cabeza, contestó:

—Por supuesto que si, padre, yo haría lo que fuera por mi hermanito, es lo que más quiero en el mundo, claro que después de ti, mi señor. ¿Qué debo hacer, Sancho?

El viejo lobo intentó gritar fuerte para ser escuchado por todos, al tiempo que dibujaba unos extraños símbolos en el suelo.

—Sheila, debes acostarte encima de él. Trata de igualar tus pulmones y corazón sobre los suyos, coloca tu hocico sobre el suyo sin tocarlo y sopla, imagina que le envías luz en tu respiración, mientras todos los demás le envían su energía y yo recitaré un antiguo conjuro.

El anciano empezó a recitar unas palabras en un idioma que nadie conocía, al tiempo que Sheila siguió las instrucciones al pie de la letra, aunque esperaba hacerlo mal.

Un tornado los envolvió, amenazaba con lanzarlos al aire, el cielo se nubló como si fuera a llover, el cielo parecía rugir con tantos truenos que provocaban que el anciano rezara en voz alta.

Sancho, a medida que continuaba con el ritual, reflexionaba, “me debe de faltar alguna cosa, o algo hice mal, pues los rituales de los que fui testigo, no se demoraban tanto”

Sheila, encima de su hermano, intentaba desviar su respiración para otro lado y pensaba en que ojalá llegara la policía para dejar de intentar este truco. Incluso el clima parecía cansarse, el cielo se despejaba y el viento se tranquilizaba.

—No puede ser, quítate, Sheila. Lo intentaré, yo soy el Alfa, mi energía es más poderosa, además estoy muy seguro de que soy su padre, —el enorme lobo la quitó de un empujón y se acurrucó encima de su hijo, soplándole tan cerca que parecía que lo fuese a besar.

El cielo de nuevo se cerró en una bóveda de neblina que también invadió el lugar, los truenos volvieron, esta vez acompañados por relámpagos, el cuerpo de Alberto parecía brillar.

“Está funcionando”, Sancho celebró en su mente, sin dejar de recitar las antiguas oraciones, hasta que un ruido le interrumpió su concentración.

— ¡Deténganse, están rodeados por el ejército nacional! —la orden venía del comandante de un batallón que fue creado especialmente para atrapar narcotraficantes, ellos habían seguido unos indicios que les había dado un informante anónimo, y esta frase era muy cierta, puesto que el sitio se encontraba cercado con más de trescientos hombres, helicópteros y satélites.

—Jefe, nos van a capturar, debemos correr a los autos por las armas, para que podamos conseguir una oportunidad para escapar. —mencionó Gerald, el jefe de seguridad, desesperado al sentir el olor de tantos humanos con las emociones contrariadas.

El jefe interrumpió su exhalación para anunciar sus órdenes.

—Cálmense, al parecer ellos no pueden distinguir por la niebla, de seguro algún soplón les informó de nuestro paradero, pero no nos están buscando, es decir, no buscan lobos. Que nadie se transforme. Mejor activa el protocolo cortina de fuego.

Sus órdenes no se discutían, el lobo era activo con su hocico y garras, y un reloj que estaba en su muñeca. Fue complicado marcar una clave muy larga que causó que todos los autos que estaban estacionados explotaran, generando caos.

—Sigamos, no dejen de concentrarse, lo vamos a lograr —el Alfa aulló, parecía que los hipnotizaba, todos obedecían sin contrariar, pero la niebla se disipó, revelando ante los ojos de los soldados tan solo un lugar lleno de lobos.

—Mi capitán, fue una falsa información, de seguro una trampa para matarnos con estas explosiones, —argumento uno de los soldados al no encontrar lógica en lo que presenciaban.

—Soldado, lo que se me hace más extraño es que parece que esos lobos estuvieran haciendo un ritual pagano y que ni se inmutaron por el ruido de las explosiones, además de que se ven más grandes que los animales de mi pueblo. —El capitán empezó a rezar en voz baja.

En la manada todos esperaban, pero nada pasaba. Alberto seguía inerte, sin ningún cambio.

— ¿Sancho, qué más hacemos? —un alarido de desespero por parte del Alfa, quien ahora abrasaba a su hijo, lavándolo con sus lágrimas.

Sancho se agachó, el llanto no le dejó continuar con sus oraciones, el dolor lo consumió, no por fracasar con ese ritual, sino porque no volvería a ver al joven Alberto, al que estimaba mucho. El lagrimeo contagió a todos los miembros que rasgaron el ambiente con aullidos de dolor. Este sería un día negro; se perderá el legítimo heredero de esa manada.

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