Mariana y Alberto
—Aún no me lo creo—, la bella mujer de cabello dorado recostó la cara sobre el ancho pecho de su adorado hombre. —Después de tantas aventuras.
—A mí me parece un sueño, después de todo lo que lloré cuando…—. Alberto se limpió las lágrimas de los ojos. —Es que no encontramos ni rastro de ti en ese mar de roca fundida; es que busqué durante varios días hasta que perdí las esperanzas.
—Las cosas sucedieron muy extrañas—, Mariana jugó con el cabello y apretó el puño. —Aunque la ma