MARIANA
—¿Estoy muerta?— Mariana abrió los ojos, observando a un hombre vestido de negro, de cabello gris y cutis lozano, sin barba ni bigote.
—Tal vez todos estamos muertos y no lo sabemos—. El hombre le dio la espalda. Se paraba rígido como una estatua.
—Este lugar no puede ser el cielo, lo único que diviso es arena y esta humedad me sofoca—. Ella se levantó a tientas, observó el horizonte amarillo, sintiendo el aire caliente sobre la piel, “estoy desnuda”.
Activé el traje del reloj, pero est