ALBERTO
— ¡No puede ser, no es verdad! Tengo que ir por ella—. Alberto entró en desespero; alcanzó a dar unos pasos para que el dolor lo obligara a arrastrarse. Lo único que pudo hacer fue llorar mientras contemplaba como el enorme complejo se reducía a escombros llameantes.
—Alberto, lo siento, ella fue muy valiente; luchó con gran valor contra ese perro infernal—. Natalia lloraba ayudándolo a levantar.
—Natalia, ayúdame, tengo que rescatarla, o que alguien me ayude, por favor, se los ruego—.