Mundo ficciónIniciar sesiónEl Gran Alfa
—Es increíble que sobrevivimos—, el capitán se santigua varias veces; aún no cree lo que sucedió; todavía espera a despertarse en su cama, con su esposa o su amante, que le dirá: “tranquilo, fue solo una pesadilla”.
Pero el rostro que observa es del detective Das, quien le quitó una mano de la boca, se la puso para evitar que gritara, y la otra con la que lo sostuvo para que dejara de luchar. Se limpia el sudor presionando fuerte y la cara le queda roja. Con un suspiro le comunica: —Capitán, al parecer, ya acabo todo, por favor, tranquilícese, es probable que seamos los únicos sobrevivientes. Debimos de haberle hecho caso a las instrucciones de mi amigo, el guerrero de blanco. Él nos sugirió que nos marcháramos.
El capitán contempló el campo de batalla; el miedo y la tristeza lo invadió tanto que se desplomó de rodillas, golpeó el piso con ambos puños y, en medio de sollozos, mencionó: —Nosotros somos soldados, no acatamos las órdenes de un civil, menos de un loco que habla de monstruos. Pero ahora me doy cuenta de que debí haberle acatado, y no solo por eso, también porque tenía un mal presentimiento.
Das le extendió la mano para ayudarlo a levantarse, e intentó hablarle con calma: —Capitán, de todas maneras, usted no tiene la culpa, venían pensando que había otra cosa y se encontraron con algo que se sale de la normalidad. Yo aún no razono lo que sucedió.
El militar se levantó sin tomarle la mano y, con una voz entrecortada, mencionó: —Es inaudito que estos hombres, de los cuales yo estaba encargado, ahora no queda ninguno, debido a mi soberbia. Es una catástrofe, cada uno de ellos tiene familias, madres, padres y hermanos, a los que les causará un enorme dolor sus pérdidas. A mí me duele. Me será muy difícil darles la cara. Hubiera sido mejor haber compartido ese destino.
El detective miró al caño tratando de buscar rastros entre los restos de la batalla, produjo un chasquido con los labios, para luego seguir hablando. —Hay días más duros que otros, pero el sol sigue saliendo. De todas maneras, capitán, la vida nunca es fácil, pero vale la pena vivirla y si usted sobrevivió es porque todavía no ha completado su destino. Debe ser que está para un gran propósito.
El capitán, con disimulo, se limpió las lágrimas mientras mencionaba: —No diga bobadas, por lo único que sobreviví, es debido a que usted me salvó. Recuerdo cómo utilizo esas cuatro balas de plata y cómo me inmovilizo metiéndonos debajo de los objetivos que elimino. Se me hace increíble que tenga tanta destreza, ya comprendo la razón por la cual usted es el mejor detective de este complicado país.
Das no le prestó atención, pues sus ojos se movían detallando cada punto del paisaje, tratando de encontrar algún indicio de su amigo guerrero. En su mente elevó una oración: “ojalá se encuentre con vida”.
Su plegaria se elevó, similar a una hoja seca, llevándola el viento rumbo a un bosque en una montaña cercana, donde se encontraba su amigo con vida, aunque quizás no por mucho, pues se encontraba peleando contra el poderoso Alfa.
El enorme lobo trató de romperle el vientre con un mordisco. El guerrero sonrió, pues lo provocó. Lo esquivo e intento cortarle la cabeza, para acabar rápido. Ese era su plan. Lástima que lo que ocurrió no fue como lo imagino, ya que el Alfa disminuyó su tamaño transformándose en humano, se apalancó con ambas manos en el suelo, y se proyectó hacia su enemigo, golpeándolo con ambos pies.
Antes de tocar el suelo de nuevo, se transformó en el enorme lobo. Parecía sonreír al gruñirle: —Fuiste muy iluso al imaginar que me podrías vencer. No se me ocurre por qué el atrevimiento de seguirme, cuando hubieras podido escapar. Ahora vas a tener el honor de ser eliminado por mí, uno de los grandes Alfas, descendiente de los primeros Lobos, hijos de la Luna.
El Guerrero, sobándose la barriga con ambas manos, sin querer, se le salió una pregunta; a él no le gustaba intimar con sus adversarios: —¿No sabía que los hombres-lobos, fuesen extraterrestres? Me parecía que eran descendientes de Licaón.
El alfa observó el paisaje. Le encantaba ese maravilloso bosque de las montañas, que parecía cercar a la sabana de Bogotá, que contrastaba con la gran ciudad que cada día le quitaba terreno, reemplazando al verde por el gris. Miró al cazador, lo evaluó, dando como por sentado que en pocos minutos lo vencería, aunque se trataba de un miembro de esos guerreros milenarios, capaces de eliminar demonios. No era con el primero al que se enfrentaba y no parecía ser mejor que ellos. Así que quiso decirle algunas palabras, algo para endulzarle el inevitable final.
—Por supuesto que sé lo del rey Licaón, según la leyenda, fue un rey muy cruel que asesinaba a todos los forasteros que llegaban a su reino. El dios Zeus quiso comprobar si esto era verdad, y entonces lo visitó disfrazado de vagabundo. El monarca se enteró de quién era en realidad, así que lo invitó a cenar para no acarrear su ira, pero no sé qué pasó por su cabeza y el muy bruto le jugó una broma sirviéndole carne de niño, hasta se dice que de su propio hijo. Esto enfureció al Todopoderoso, condenándolo a convertirse en lobo y a todos sus descendientes. Es por eso que nos dicen licántropos.
Esa historia es la que cuentan los humanos. La que en nuestro pueblo se sabe es la del primero, quien era un alfa y de quien toda su manada fue exterminada por una tribu de cazadores. Él juró vengarse, los siguió en la oscuridad, entre las sombras de la aldea de ellos, los observaba. Aunque lo que le sucedió no se lo esperaba, estaba lleno de odio y rencor contra todo, queriendo devorar hasta al último cachorro rosa, pero en un momento todo su mundo giró de cabeza, causando que sus malos sentimientos se cambiaran en los contrarios, es decir en amor y esperanza, incluso le dolió el corazón al aguantar estos cambios. Eso fue causado al divisar a una hermosa mujer de ojos grandes y brillantes como la luna llena, con una pequeña boca ondulada que parecía como si le hubieran pegado una pequeña manzana roja, con un cabello que le recordó la transparente cascada donde se bañaban, pero en una tarde de sol donde parecía de oro. Su caminar lo hechizo; a cada paso movía la cadera, sin darse cuenta, su hocico se movía al son de ese movimiento.
Al lobo se le olvidaron sus objetivos de venganza, ahora en las noches frecuentaba la aldea, esquivando trampas, hundiéndose en lodo para evitar ser detectado por los sabuesos traidores. Tan solo para, aunque sea, sentir el dulce olor que ella expedía, ese aroma que le provocaba que el corazón se le quisiera salir por la garganta y que toda su piel le picara de manera agradable, no como la picazón que producen las garrapatas y las pulgas.
Varias veces por poco lo agarran, ya que se quedaba dormido cerca de la choza donde dormía la muchacha. Esto causó que los jefes de la aldea redoblaran la seguridad en torno a ella, causando que el pobre lobo no se pudiera acercar.
Aquel animal se dejó invadir de la tristeza, subió a la montaña más alta, desde allí contempló lanzarse para terminar con su vida. Con mucho dolor lanzó sus últimos aullidos a la luna llena y fue entonces cuando ella lo escuchó.
Del cielo bajaba la hermosa diosa con un vestido de plata y su mirada que iluminaba hasta el agobiado corazón del lobo. Le limpió las lágrimas y con una melodiosa voz le susurró: —Tranquilo, mi pequeño lobo, vi tu situación y bajé a ayudarte.
Ella accedió a convertirlo en humano, pero lo único era que se transformaría tan solo en las noches de luna llena.
—No puede ser, eso es al revés. —interrumpió el agonizante guerrero.







