Deberían otorgarle un premio por la extrema santa paciencia que tenía, en serio. Llevaba poco más de ocho meses soportando al chiquillo impertinente. Cada día era lo mismo; bueno, algo así.
Aquella tranquilidad que disfrutaba cuando bebía el té y leía —después de una exhausta jornada de trabajo— se había esfumado. Su rutina había modificado radicalmente desde aquella tarde en la cual lo conoció y, en algún punto, pensó que se cansaría, que lo agotaría o algo por el estilo. En efecto, lo hizo, s