Nueva York comenzó a desaparecer detrás de nosotros hasta que solo quedaron algunos edificios aislados entre los árboles. El tráfico dio paso a una carretera tranquila, rodeada de pinos y pequeñas casas escondidas entre el verde. Bajé un poco la ventanilla y dejé que el aire fresco entrara al coche, llevándose parte del calor que todavía sentía en el cuerpo. Sebastian conducía con una mano sobre el volante y mantenía la otra entrelazada con la mía sobre la consola. De vez en cuando, acariciaba