La prisa con la que Sebastian había subido desde el vestíbulo desapareció en cuanto llegó hasta mí. Sus ojos recorrieron rápidamente mi rostro y después bajaron hasta mis manos, todavía aferradas al asa de mi bolso. El temblor que seguía recorriéndome pareció hacerle cambiar de expresión, y por un instante se quedó mirándome sin decir nada. Había conseguido mantenerme firme frente a Eleanor, convencerme de que podía manejar aquella situación sin dejar que las emociones me dominaran. Pero tenerl