El tintineo de las cucharas contra la porcelana y el murmullo de las conversaciones matutinas en el café de la zona financiera no lograban disipar la fría expectación que se había instalado en mi pecho. Faltaban solo cuatro días para lo que se suponía que sería mi boda, y aunque ya había firmado el contrato con Sebastian, necesitaba un momento de aislamiento para procesar la magnitud de mi decisión. Sin embargo, la tranquilidad duró poco. La silla frente a mí se arrastró con un chirrido agudo, y al levantar la mirada, me encontré con la última persona que deseaba ver.
Penélope se acomodó en el asiento con una sonrisa ladina, luciendo unos lentes de sol de diseñador que se quitó con una lentitud irritante. Su mirada barrió mi sencillo vestido negro de punto, destilando una superioridad fingida que me revolvió el estómago.
—Vaya, Abigail. Te costó un poco darte cuenta de la realidad, ¿no? —comenzó a decir, apoyando los codos en la mesa con un cinismo que me pareció monumental—. Me enteré de que dejaste tu apartamento y que sacaste tus cosas de la oficina. Supongo que el orgullo te dolió demasiado como para soportar la verdad. Pero siendo sinceras, ambas sabíamos que esto pasaría tarde o temprano. Brandon necesita a su lado a una mujer que pertenezca a su propio círculo, alguien que sepa moverse en la alta sociedad, no a una empleada inteligente que solo sirve para revisar libros contables.
Mantuve mis manos apoyadas sobre mi regazo, apretando los dedos con fuerza oculta para contener el impulso de borrarle la sonrisa de un golpe. Me obligué a respirar hondo, adoptando una calma glacial que la descolocó por un instante.
—¿Viniste hasta aquí solo para darme un discurso de etiqueta, Penélope? —le respondí, y mi voz sonó tan gélida que el ambiente en la mesa pareció congelarse—. Porque si es así, estás perdiendo el tiempo. Brandon y tú son tal para cual: dos parásitos que no saben construir nada por sí mismos.
Penélope soltó una risa aguda, una mueca llena de una condescendencia que pretendía humillarme ante los pocos clientes que nos observaban.
—Sigue insultándome si eso te hace sentir mejor, querida, pero la realidad es que el sábado yo ocuparé tu lugar —siseó, inclinándose hacia adelante de manera maliciosa—. Brandon estuvo desesperado ayer, lo admito, pero el patriarca mayor, el abuelo de Sebastian, ya está buscando una solución. Brandon no va a perder su fideicomiso por una rabieta tuya. Yo estoy dispuesta a casarme con él de inmediato para salvar las apariencias ante la junta directiva y asegurar el patrimonio Laurent. Cambiaremos el nombre en las invitaciones de prensa, y tú pasarás a ser solo un mal recuerdo. Volverás a la miseria de donde saliste.
Una risa amarga y genuina escapó de mis labios, interrumpiendo su discurso triunfal. Me reí en su cara, viendo cómo su expresión de superioridad se agrietaba por la confusión.
—¿De verdad crees que Brandon te va a elegir a ti para ser su esposa ante la junta directiva, Penélope? —le pregunté, ladeando la cabeza con absoluta piedad—. Qué ingenua eres. Brandon no está buscando una esposa de verdad, ni una mujer de sociedad que solo sepa gastar dinero en bolsos de marca. Él necesita desesperadamente un cerebro. Necesita a alguien que le haga las auditorías, que le diseñe las estrategias y que le salve el pellejo ante su familia para poder mantener la vida de lujos que siempre ha vivido sin mover un solo dedo. Y tú, tristemente, no eres esa mujer. No sabes distinguir un balance general de una factura de tienda. Sin mí, Brandon está vacío, y tú solo eres el adorno que arruinará su última oportunidad de heredar.
El rostro de Penélope pasó del cinismo a una palidez rabiosa en un segundo. Sus labios temblaron, dándose cuenta de que cada una de mis palabras golpeaba directamente en su mayor inseguridad. Sabía que era verdad; Brandon la había usado por diversión, pero su herencia dependía de la inteligencia corporativa que ella no poseía.
Lentamente, extendí mi mano derecha hacia la taza de té negro que ya se había entibiado sobre la mesa. Mis movimientos fueron pausados, desprovistos de cualquier rastro de nerviosismo. Tomé la porcelana por el asa, sosteniéndole la mirada fija y desafiante.
—Y para asegurarme de que recuerdes tu lugar... —susurré de manera letal.
Con un movimiento rápido, preciso y limpio, giré la muñeca y vacié el líquido oscuro directamente sobre el regazo de su vestido de seda beige de alta costura.
—¡Ahg! ¡Maldita sea! ¡Mira lo que hiciste! —chilló Penélope, poniéndose de pie de un salto mientras contemplaba con horror cómo la mancha marrón se expandía rápidamente por la costosa tela, arruinando su atuendo por completo y atrayendo las miradas de reproche de todo el establecimiento. El desastre estético era total e irreparable.
Me levanté del asiento con una elegancia impecable, acomodándome los bordes de mi vestido negro sin prisa alguna. Me acerqué a ella, deteniéndome a solo unos centímetros de su rostro descompuesto.
—Disfruta tus delirios de grandeza, Penélope —le advertí en voz baja, con una firmeza que la hizo callar por completo—. Porque te juro por mi dignidad que la caída de ambos va a ser un espectáculo que no pienso perderme.
Me di la vuelta y salí del café a paso firme, con la barbilla en alto. La adrenalina recorría mi cuerpo, disipando cualquier rastro de duda. La farsa con Sebastian era mi única armadura, y estaba más que dispuesta a usarla para borrar la arrogancia de Brandon de un solo golpe.
Caminé hacia la avenida principal buscando un taxi que me trasladara de regreso a la mansión. Sin embargo, justo cuando levantaba la mano en la acera, el teléfono celular privado que llevaba en el bolsillo de mi gabardina vibró con un zumbido seco. Lo saqué de inmediato, pensando que se trataría de Brandon intentando acosarme de nuevo.
Al encender la pantalla, me encontré con la notificación de un mensaje de texto proveniente de un número desconocido, un código oculto que no figuraba en mis contactos. Deslicé el dedo para abrirlo, y las palabras que aparecieron en la pantalla me detuvieron el paso por completo.
“No confíes en la repentina generosidad de Sebastian Laurent, Abigail. En esa casa, nada es lo que parece. No eres más que una sombra de un pasado que él se niega a soltar.” Me quedé inmóvil en mitad de la acera, con la respiración contenida. Releí el texto, sintiendo una extraña intriga recorrer mi columna. El mensaje era breve, apenas una insinuación, pero sembraba una duda densa sobre mi futuro esposo. ¿A qué se refería con una sombra del pasado? Recordé la inusual perturbación de Sebastian al mirarme en el taller de alta costura, esa intensidad indescifrable en sus ojos grises que me había parecido tan extraña.
Guardé el teléfono en el bolsillo y subí al taxi que se acababa de detener frente a mí. Me había aliado con el hombre más peligroso de la ciudad para destruir a mi ex prometido, pero ese mensaje anónimo acababa de sembrar una duda que no iba a poder borrar tan fácil de mi mente.