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Capítulo 5: Las reglas del pacto secreto

El peso de mi firma aún parecía fresco sobre el papel sellado que descansaba en la mesa. Había vendido un año de mi vida al hombre más temido de la ciudad, pero mientras miraba las cláusulas del documento, no sentía arrepentimiento, sino una fría expectación. Faltaban exactamente seis días para la fecha original de la boda. Seis días en los que la maquinaria Laurent debía reescribir la historia antes de que el mundo entero se enterara de la cancelación.

Sebastian se alejó del escritorio, acomodándose los puños de su camisa azul marino con una parsimonia que me ponía los nervios de punta. Se detuvo junto al ventanal de la biblioteca, dándome la espalda por un instante antes de girarse con esa fijeza gris que parecía desarmar cualquier defensa.

—La prensa social ya está husmeando, Abigail —declaró, y su voz barítona fluyó con una precisión ejecutiva—. Si anunciamos que la boda se cancela por la infidelidad de Brandon, mi abuelo Maximilian congelará los activos de la división para contener el daño reputacional, lo que entorpecerá tu toma de posesión el lunes. Por lo tanto, la narrativa oficial será diferente. Ante el consejo de administración y los medios, tú y yo hemos estado viviendo un romance secreto y prohibido desde hace meses.

Lo miré fijamente, arqueando una ceja. Mi orgullo se resentía ante la idea de ser etiquetada como una mujer infiel, incluso en una farsa.

—¿Un romance secreto? —repliqué, cruzando los brazos—. ¿Pretendes que el mundo crea que engañé a Brandon contigo? Eso dañará mi credibilidad profesional en el sector financiero.

—Al contrario —corrigió Sebastian, dando un paso lento hacia mí, su imponente estructura física proyectando una sombra sutil sobre mi asiento—. La versión oficial dirá que te diste cuenta a tiempo de quién es el verdadero líder de esta familia. Declararemos que tu cercanía con Brandon era un intento de encajar en los estándares de mi abuelo, pero que la atracción entre nosotros fue inevitable. El lunes, cuando entres a la oficina como la nueva Directora Ejecutiva, los inversores no verán a una novia despechada; verán a la nueva matriarca que eligió al hombre que realmente gobierna el imperio.

La audacia de su lógica era impecable. Era un giro retorcido que no solo salvaba las acciones de la empresa, sino que asestaba un golpe mortal al orgullo de Brandon. Mi ex prometido tendría que soportar la humillación de saber que su tío no solo le quitaba su puesto, sino que reclamaba a la mujer que él había traicionado.

—Para que una mentira de este calibre funcione, los detalles financieros deben ser perfectos —dije, tomando la tableta corporativa que contenía los accesos provisionales a la división de gestión de activos—. Necesito revisar las auditorías internas de los últimos trimestres para que nadie en el consejo pueda cuestionar mi nombramiento el lunes.

Sebastian asintió y me cedió su escritorio. Durante las siguientes dos horas, el silencio de la biblioteca solo fue interrumpido por el sutil repiqueteo de las teclas. Mis ojos, entrenados para detectar anomalías matemáticas, recorrían las columnas de activos con precisión analítica. Pero, al llegar a los registros históricos de hacía un lustro, una línea de datos captó de inmediato mi atención.

Era una subcuenta de capital corporativo, una de las más grandes de la firma matriz, que figuraba como congelada de manera indefinida desde hacía exactamente cinco años. El origen de los fondos estaba blindado por un fideicomiso cerrado, y el único nombre que aparecía en la casilla de beneficiario original era Elena.

Fruncí el ceño, sintiendo una punzada de curiosidad. Cinco años atrás coincidía con el periodo en que Sebastian había tomado la presidencia absoluta tras el retiro parcial de su abuelo.

—Sebastian —llamé, girando la pantalla hacia él—. ¿Qué es esta cuenta de retención de activos? Está vinculada a la división que voy a manejar, pero los fondos están bloqueados por una orden ejecutiva firmada por ti. ¿Quién es Elena?

El ambiente en la biblioteca cambió en una fracción de segundo. El aire se volvió denso, casi irrespirable. Sebastian, que hasta entonces se había mantenido en una calma imperturbable, se tensó visiblemente. Sus ojos grises se estrecharon hasta convertirse en dos rendijas de hielo y una frialdad cortante se adueñó de sus facciones, borrando cualquier rastro de la cercanía previa.

—Eso no te concierne, Abigail —sentenció, y su voz grave descendió a un registro tan bajo y áspero que me provocó un sutil escalofrío—. Concéntrate en los números del presente. Los archivos de hace cinco años están cerrados por una razón, y bajo ninguna circunstancia tienes autorización para remover el pasado de esta familia.

Sostuve su mirada inquisidora, asombrada por la brusquedad de su reacción. La advertencia había sido clara, pero su necesidad de evadir el tema solo me confirmó que esa cuenta congelada ocultaba algo que él no quería que yo tocara.

Antes de que pudiera formular otra pregunta, Sebastian cerró la tableta con un movimiento seco de su mano larga y fuerte, dando por terminada la sesión de trabajo.

—Es suficiente por hoy —dijo, recuperando su máscara ejecutiva de control—. Faltan pocos días para la presentación oficial y tu guardarropa actual no encaja con la posición de la esposa del CEO. Nos vamos de inmediato.

                                                                                   

                                                                                 ***

 

El auto nos trasladó hacia el distrito de alta costura de la ciudad. Sebastian me guió hacia un taller de diseño exclusivo que cerró sus puertas al público en cuanto pusimos un pie en el interior. El lugar estaba repleto de trajes a la medida, telas francesas y vestidos de noche que destilaban una elegancia inalcanzable.

—Cámbialo todo —ordenó Sebastian a la diseñadora principal, sin mirarme—. Quiero que desaparezcan los conjuntos recatados y corporativos que ella eligió para complacer a Brandon. A partir de hoy, su guardarropa debe reflejar el estatus de la nueva matriarca.

Fui conducida a un probador monumental de espejos triples en la parte trasera del local. Tras probarme varios trajes ejecutivos, la diseñadora me entregó una última pieza: un vestido de cóctel negro de seda pura, con un corte estructurado que se ceñía a mi cintura con precisión y un escote elegante en la espalda que resaltaba cada línea de mi cuerpo. Al mirarme en el reflejo, apenas me reconocí. Ya no era la consultora invisible; la prenda resaltaba una sensualidad indomable que siempre había mantenido oculta.

La cortina pesada del vestidor se deslizó hacia un lado con un suave roce.

Sebastian entró al espacio privado, deteniéndose a solo unos centímetros de mí. Su inmensa estatura física llenó el espejo retrovisor por completo, obligándome a contener el aliento. Sus ojos grises barrieron lentamente el diseño sobre mi piel, descendiendo por las curvas de mi cintura y deteniéndose en la línea de mis hombros descubiertos.

El aire dentro del probador pareció encogerse hasta dejar apenas espacio para respirar. Mi pulso se descompasó sin motivo aparente, consciente de la escasa distancia que nos separaba. Esperaba una crítica fría o una orden corporativa, pero la mirada de Sebastian se ensombreció con una mezcla extraña de posesividad contenida y una nostalgia dolorosa que no supe descifrar. Sus dedos largos se flexionaron lentamente a los costados, hasta que los nudillos se marcaron bajo la piel, como si aferrarse a su propio control le exigiera un esfuerzo silencioso.

—Es perfecta —murmuró en un susurro áspero, casi para sí mismo, con una fijeza tan intensa que me erizó la piel.

Se dio la vuelta de inmediato y salió del vestidor, dejándome sola frente al espejo con el corazón latiendo desbocado. Me quedé inmóvil, intentando procesar el remolino de sensaciones que me recorría el cuerpo. Su comportamiento errático y la forma tan intensa en que reaccionaba ante mi presencia me dejaban con más dudas que certezas. El señor Laurent era un enigma indescifrable, y la extraña atmósfera que se encendía entre nosotros cada vez que estábamos a solas me confirmaba que este matrimonio por contrato traería consecuencias que mi propia razón no alcanzaba a prever.

 

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