El estruendo de unos neumáticos sobre la grava fue el único aviso que tuvimos. Apenas transcurrieron un par de minutos antes de que unos pasos rápidos y furiosos resonaran por el vestíbulo. Las puertas de la cocina se abrieron de golpe, haciendo vibrar las tazas de porcelana sobre la isla de granito.
Brandon Laurent irrumpió en la estancia como si hubiera perdido el poco control que le quedaba. Tenía el rostro desencajado, los puños cerrados a los costados y la respiración agitada, como si hubi