La vajilla de porcelana china y los cubiertos de plata parecían pesar toneladas en el silencio que se había instalado en el comedor. El desayuno del domingo se había transformado, de manera oficial, en un campo de minas. Maximilian Laurent se encontraba sentado en el extremo opuesto de la larga mesa de caoba, observándome fijamente a través de sus párpados pesados mientras cortaba un trozo de carne con una calma meticulosa. A su lado, Sebastian permanecía rígido, una montaña de control absoluto