CAPÍTULO 54: LA ANFITRIONA INVISIBLE
Sonya
Reconozco a mi hijo en tres señales: la agenda que empieza a tener huecos, las llamadas que evita y ese aire de hombre que cree estar a salvo cuando en realidad está tomando carrera para estrellarse. No necesito imaginar nada.
Llamo temprano a mi contacto.
—¿Ya desalojaron a la inquilina? —pregunto al casero del edificio recién adquirido.
—Sí, señora —responde. Vacila un segundo y suelta el dato que no buscaba, pero agradezco—: aunque… se fue con un ho