CAPÍTULO 48: ARENA Y FUEGO
Jacob
No le digo nada, solo sonrío y nos subimos a un taxi que está afuera. Ella va con la ventana entreabierta y la cabeza recostada, mirando la ciudad de reojo, como si pudiera agarrarla a puñados. No hablamos; no hace falta. Le digo al conductor que tome el desvío antes de la rotonda y el camino se vuelve una cinta negra hacia el mar. Las luces desaparecen de a pocos. La luna, en cambio, crece.
Nos deja en la línea costera donde empieza la arena. Ambos caminamos ta