—No soy suya. Las personas no somos objetos ni posesiones de nadie. Somos seres humanos, que no tienen que atravesar nada de esto, ni vivir bajo el yugo de un lunático enfermo como usted. ¿Qué le hace creer que soy suya? ¿En qué siglo vive? La esclavitud se acabó hace mucho, idiota.
—Eres débil, pero para reñir, tu fuerza revive —se relamió los labios—. Tu sangre fluye muy fuerte y rápido dentro tuyo. ¿Estás enojada?
—Usted es un maldito desquiciado. Debería matarme de una vez por todas, porqu