—No llores, por favor —me separé de ella, para besar sus ojos y secar con mis labios sus lágrimas—. No me gusta verte así.
Se mantuvo en silencio, dejándose hacer mientras me miraba con cierta curiosidad. Cuando al fin una sonrisa apareció en sus dulces y adictivos labios, me acerqué a ellos para degustarlos a mi antojo. Sus besos me transportan a un lugar donde solo existimos los dos y no hay ninguna diferencia que salga a relucir.
Al principio el beso empezó lento, poco ansioso y hasta torpe,