El coche serpenteó por el último tramo del camino de tierra, revelando la casa de la abuela Asper: una estructura amplia de madera y piedra, con grandes ventanales que capturaban las primeras luces del atardecer sobre las colinas. Un silencio sereno, roto solo por el canto de los pájaros y el leve llanto de Mateo Benjamín desde el asiento trasero, envolvió el lugar. Era exactamente lo prometido: un refugio.
Mientras Owen y Jacob descargaban los coches con la eficiencia de un equipo militar (aun