Isabella
Isabella, la mucama, había muerto. La hora oficial del deceso fue el día anterior en ese maldito salón de belleza a manos de una japonesa masoquita, que me hizo gritar hasta quedarme ronca. Mi piel ardía como si me consumieran llamas, y en ese instante, una nueva faceta de mí misma emergió con voracidad.
—Isabella, esto no tiene vuelta atrás —masculló Jacob entre sorbos de whisky.
Él no lo comprendía, pero Owen sí. La lujuria emanaba de él en oleadas sofocantes. Derramó el vino por