Marina
Llego a la cocina de muy ánimo. Puedo sentir las miradas curiosas de los empleadas mientras camino con una sonrisa que no debe verse para nada natural, pero es que entre la rabia y la determinación, Salvador Montenegro ha colmado mi paciencia y a despertado al Kraken que llevo dentro.
Pero no más.
Tal vez no pueda insultarlo, tal vez no pueda defenderme como me gustaría si no estuviera atada a pel por el maldito contrato, pero lo que sí puedo es encargarme de hacer su día, o al menos una