Salvador
El café sigue quemándome la lengua mientras camino de un lado a otro en mi oficina. El maldito sabor salado no se me quita ni aunque haya enjuagado la boca ya varias veces.
No fue un accidente.
Esa mujer lo hizo a propósito.
Aprieto los puños mientras me inclino sobre el escritorio. Esto no se va a quedar así.
Respiro hondo e intento calmarme, pero la imagen de Marina poniendo esa expresión de inocencia fingida mientras me servía el café me hace hervir la sangre. Si ella cree que puede