—Feli…
—Shh…
Su mano liberó el tallo y migró hasta mi mejilla. No hubo otra palabra, pero lo dijo todo. Sin soltar la rosa, rodeé su cintura hasta que el calor de su cuerpo se fundió con el mío. Felicia se aferró a mi cuello y rozó mi oído con su aliento.
—Bórralo… —susurró.
Mi pecho se agitó.
—Borra de mi piel el recuerdo de sus manos.
Tomó mi mano libre y la guio despacio por su muslo, subiendo por la curva de su cintura hasta dejarla en su pecho. Allí presionó más fuerte, como si quisie