Andruw Di'Marco.
Apenas cruzamos el umbral de la mansión, no me detuve a mirar a nadie. No miré a Elizabeth, no miré a mi hijo y, aunque cada fibra de mi cuerpo me lo exigía, evité por todos los medios girarme hacia mi esposa.
Dirigí mis pasos directamente hacia mi despacho, caminando con zancadas largas y rígidas que buscaban con desesperación el aislamiento de esas cuatro paredes de roble. Necesitaba aire. Necesitaba que el rugido primitivo que golpeaba mis sienes se apagara antes de que ter