Andruw Di'Marco.
La sala de conferencias del último piso de la clínica se había transformado en un búnker de guerra.
El olor a café cargado, el zumbido constante de las impresoras de alta velocidad y el tecleo frenético de una docena de computadoras portátiles llenaban el aire, volviéndolo pesado, casi asfixiante. Abogados penalistas de primer nivel, auditores forenses, secretarios, asesores de imagen y el equipo de finanzas completo se movían de un lado a otro como hormigas en un nido perturb