La revelación de la verdad cayó sobre Magdalena como un peso imposible de cargar.
Durante tres días enteros se encerró en su habitación. Apenas comía. Apenas hablaba. Se pasaba las horas mirando por la ventana hacia los olivares, con la mirada perdida y los ojos hinchados de tanto llorar.
Rafael respetó su dolor, pero al cuarto día ya no pudo más.
Entró a la habitación sin llamar y cerró la puerta tras él. Magdalena estaba sentada en el borde de la cama, con una de las cartas de su madre entre