La hacienda amaneció en estado de sitio.
Después del ataque nocturno, nadie se atrevía a bajar la guardia. Los hombres patrullaban los límites de la propiedad, Anselmo había triplicado las guardias y Mateo no se separaba de sus hermanos pequeños ni un instante.
Magdalena, sin embargo, parecía otra mujer.
Ya no había lágrimas en sus ojos. El miedo había sido reemplazado por una determinación fría y cortante como el filo de un cuchillo. Se había vestido completamente de negro, con un traje de mon