Setenta y cinco años después.
La Hacienda Los Olivos ya era mucho más que una finca. Era un símbolo vivo de resiliencia andaluza.
Los olivares se extendían como un océano plateado que parecía tocar el horizonte. La escuela que Magdalena fundó se había convertido en un instituto de referencia, con becas para jóvenes de toda la provincia. Las cooperativas de mujeres exportaban aceite y vino a más de veinte países. Y en el centro de todo, el viejo olivo milenario seguía en pie, ahora protegido por