Cuarenta años después.
La Hacienda Los Olivos ya no era solo una finca. Era un monumento vivo.
Los olivares, centenarios y orgullosos, se extendían como un mar plateado que parecía no tener fin. La escuela se había convertido en un instituto reconocido, y la cooperativa de mujeres que Magdalena fundó exportaba aceite y vino a medio mundo. En el centro de todo, el viejo olivo milenario seguía en pie, más robusto que nunca, como guardián silencioso de una historia que ya pertenecía a la leyenda.