La tranquilidad que se respiraba en la Hacienda Los Olivos era frágil, como el cristal.
Habían pasado casi dos años desde la boda, y la vida parecía haber encontrado un equilibrio perfecto. Mateo ya tenía once años, Lucía acababa de cumplir dos y la pequeña familia vivía en una paz que Magdalena a veces temía que fuera demasiado buena para durar.
Esa mañana, mientras revisaba correspondencia en el despacho, Anselmo entró con una carta sin remitente. El sobre era de papel grueso y olía ligeramen