En el centro, sobre un altar de granito pulido por siglos de lluvias, yacía Lois, inmovilizada por cuerdas de cuero trenzado que mordían su piel pálida. Su vestido negro, ahora arrugado y manchado de tierra, se adhería a su cuerpo como una segunda piel, y sus ojos, vidriosos por el veneno inyectado en la nuca, parpadeaban con un terror sordo que no podía articular. El compuesto —un elixir de belladona y raíces de sauce lunar— paralizaba sus músculos, pero no su mente; la mantenía consciente, at