La cena había sido un torbellino de platos humeantes y conversaciones entretejidas con sonrisas calculadas, un ritual social que Lois navegaba con la gracia de quien camina sobre vidrios rotos. El salón principal de la mansión bullía con vida: mesas largas cargadas de carnes asadas, vinos especiados y postres que brillaban bajo las arañas de cristal. Muchas almas —Alfas de manadas distantes, sus acompañantes con ojos afilados como cuchillos, y la propia familia extendida de la manada— llenaban