—¿Por qué en una bola? —pregunté, sabiendo que él estaba cerca.
Me sentía como uno de esos regalos que a los turistas tanto les encantaban.
Las horas habían pasado lentamente. Había logrado convencerle de quitarme las cadenas. Igual estaba en una prisión mágica, no necesitaba más restricciones que eso y solo me estaba lastimando, por lo que accedió.
—Es para la seguridad de todos.
—¿Eh? No te entiendo nada.
—Tú no puedes sacar ni un dedo —explicó con cansancio—. Y tampoco nadie puede ponerte un