—Juliette, te lo suplico. No lo provoques esta vez. Sabes que no va a salir bien.
La voz de Barret resonó en la habitación. Había pasado días enteros en este lugar. Cuando comenzaba a sentirme desfallecer, Irelia llegaba con agua y comida. Sanaba mis heridas. Se quedaba conmigo cuando podía. Conversábamos como dos colegialas, como si no viviéramos en una pesadilla.
Cada día, Dominik venía a mi humilde morada.
Y cada vez salía peor que la anterior.
—Dile a tu papi que se vaya a la mierda.
—¡Juli