—Juliette, te lo suplico. No lo provoques esta vez. Sabes que no va a salir bien.
La voz de Barret resonó en la habitación. Había pasado días enteros en este lugar. Cuando comenzaba a sentirme desfallecer, Irelia llegaba con agua y comida. Sanaba mis heridas. Se quedaba conmigo cuando podía. Conversábamos como dos colegialas, como si no viviéramos en una pesadilla.
Cada día, Dominik venía a mi humilde morada.
Y cada vez salía peor que la anterior.
—Dile a tu papi que se vaya a la mierda.
—¡Juliette! —gritó, tomándome por sorpresa—. ¿Qué es lo que planeas? ¡Vas a morir si sigues así!
—Y eso cuánto quedaría en tu consciencia —sonreí.
No era como si tuviera fuerza para sonreír, pero de alguna forma me las arreglaba. Me encontraba débil por la pérdida de sangre. Además, cada día recibía una nueva paliza, por lo que mi cuerpo poco a poco comenzó a perder más y más fuerza.
Podría jurar que tenía al menos dos costillas fracturadas. Mi labio siempre se encontraba sangrante. Mi cabeza palpitab