La aldea aún dormía cuando Ailén abandonó su habitación, envuelta en un silencio denso que parecía contener la respiración misma del mundo. Apenas despuntaba el alba, y el cielo tenía ese tono opaco, entre ceniza y rosa, que precede a los días inciertos.
No sabía exactamente hacia dónde ir. Solo sentía un llamado interior, como un eco que se repetía dentro de ella: un susurro de ramas, un zumbido de agua corriendo bajo tierra, el batir de alas invisibles. Todo parecía arrastrarla a buscar respu