El silencio después del ritual era espeso, sagrado.
No había palabras. Solo el crujido suave de las raíces al retirarse, el temblor del fuego extinguiéndose… y la respiración compartida entre dos cuerpos marcados, aún ardiendo desde dentro.
Kaor sostenía a Ailén entre sus brazos. Su frente tocaba la de ella. Sus corazones, por primera vez, no latían desincronizados. El suyo ya no intentaba huir. El de ella ya no temía quedarse.
Estaban uno en el otro.
—¿Cómo te sientes? —susurró Ailén.
Kaor tra