El amanecer no trajo paz.
La aldea estaba en silencio. Las aves no cantaban. El viento no soplaba. Como si todo el bosque contuviera la respiraciĂłn, consciente de lo que estaba a punto de suceder.
AilĂ©n se encontraba en el centro del claro, descalza, vestida con una tĂșnica tejida con hojas de la garganta. El cristal flotaba sobre sus manos, pulsando con una luz dorada y verde que se expandĂa lentamente, como un corazĂłn latiendo en otro plano.
Kaor apareciĂł a su lado, sin camisa, con la marca cu