Álex presionó más fuerte, luchando desesperadamente por salvar al niño cuya vida colgaba del hilo más delgado.
El sudor surcaba su rostro mientras susurraba palabras de aliento. —Quédate conmigo, niño. Eres más fuerte que esto.
El guardaespaldas clavó el arma directamente en la sien de Álex. —Doctor, le advertí—cure a nuestra señora primero, o se acabó para usted.
Álex no se inmutó. Su voz salió fría y feroz.
—Apriete el gatillo, y su preciosa señora puede buscarse otro doctor. No voy a abandona