La noche se hizo pesada. Las sombras se extendieron largas por la pequeña casa mientras Álex se sentaba en silencio junto a la chimenea crepitante, las llamas pintando su rostro en oro parpadeante.
Frente a él, el viejo Jairo se sentaba encorvado en su silla de madera gastada.
Ninguno habló. El único sonido era el suave crepitar de las llamas.
Entonces Josefina salió suavemente del cuarto trasero, su voz gentil.
—Lucía está dormida —se acercó más y se sentó junto a Álex, el resplandor del fuego