El padre corrió desesperadamente hacia su niño, los ojos salvajes de miedo y lágrimas corriendo por su rostro.
Cuando llegó a su hijo, su corazón casi se detuvo—el pavimento estaba marcado por balas, cada agujero apenas a un pelo de distancia del frágil cuerpo de su hijo.
—¡Está bien, cariño! —gritó, el alivio sacudiendo su voz—. ¡Falló—nuestro niño está a salvo!
Abrazó a su esposa fuertemente, sus cuerpos temblando en gratitud compartida.
—¿Qué? —chilló Clarissa con incredulidad.
La furia corri