En el estado de Mexica, el Gobernador Benito Díaz estaba sentado en su oficina, el peso de los eventos recientes aún martilleando en su cabeza.
Horas atrás, había visto al nuevo rey ejecutar al Gobernador de Colombia.
La imagen no se iba de su mente.
Desde el decreto del rey hacía apenas unas horas, las oficinas gubernamentales hormigueaban de funcionarios, sus voces chocando en debates acalorados sobre cómo responder.
Los papeles se amontonaban, los teléfonos sonaban sin parar, y la tensión era