42. Cubo de hierro
~Rowan~
A la lavandera no le quedó de otra que subirse al auto, aunque lo hizo con una cara de trueno. Me preparé mentalmente para que todo el trayecto fuera un suplicio de gritos, insultos y ella comportándose como un potrillo desatado, pero para mi sorpresa, se mantuvo extrañamente callada.
¿Todo eso por una simple nalgada?
Bufé para mis adentros mientras apretaba el volante. Sentía que la palma de la mano me picaba, con una tentación absurda de volver a azotar la otra mejilla de su trasero