CAPÍTULO — CONVERSACIONES DEL CORAZÓN
El almuerzo de bienvenida había sido largo, ruidoso, intenso, lleno de mesas que no alcanzaban, risas que se cruzaban de una punta a la otra del salón y abrazos que parecían llegar con años de demora. La abuela Isabel había llorado apenas los vio entrar de la mano, el abuelo Fabián no había parado de repetirles, entre bromas y ojos humedecidos, que nunca lo había dudado aunque fingiera que sí, y cada plato servido era una excusa para volver a abrazar, para