Capítulo — Bienvenida, Zoe
Ese día en el sanatorio pasaba con una calma nueva, envueltos en el aroma suave de flores frescas que familiares y amigos habían traído. Lili, cansada pero radiante, pasaba horas mirando a Zoe dormir en su cunita, esa que tenía el cartel con letras rosas que decía “Zoe Medina Acosta”. La pequeña descansaba con la manito cerrada como si quisiera aferrarse al mundo. Guillermo estaba desbordado de dicha: no solo de amor, sino de esa emoción que parecía rejuvenecerlo.