Capítulo — Cuando la espera se hace eterna
El auto frenó en la puerta del sanatorio con una brusca urgencia que no llegó a ser desprolijo. Guillermo, aun con el corazón latiendo a mil, seguía conduciendo como el médico que era: acostumbrado a mantener la calma en emergencias. Julia saltó del asiento trasero con la valija en la mano, mientras Lili, entre resoplidos y quejas, intentaba ponerse de pie.
—¡No, no! —gritó ella cuando sintió la primera contracción fuerte en la vereda—. ¡Todavía no,